"Decían ser como nosotros y representarnos, pero constituyeron una clase, una clase privilegiada, defensora de unos intereses alejados y enemigos de nuestros intereses."

sábado, 14 de agosto de 2010

Reconstruir las almas

LO + URGENTE: Resucitar el Espíritu
Segunda parte de la entrevista con López Tobajas


“VIVIMOS EN LA CULTURA DEL SUCEDÁNEO: UNA FALSIFICACIÓN PERPETUA”

“De nada sirve cambiar las energías contaminantes por energías limpias si el hombre no empieza por limpiar su alma. Una actitud espiritual correcta da lugar (en términos generales y dentro de ciertos límites) a una relación correcta con el mundo físico, pero no está tan claro que lo inverso sea siempre tan cierto. No me parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno. Habría que tenerlo en cuenta”. Esa es una de las cosas que dice Agustín López Tobajas, el autor del Manifiesto contra el progreso (Olañeta, 2005), en la entrevista que le hizo The Ecologist y que Elmanifiesto.com publica en la versión de cabalgandoaltigre.wordpress.com. Ideas sobre la espiritualidad, sobre la salud, sobre la técnica… Ideas que llaman a una insurrección interior. Para leer y reflexionar.

Elmanifiesto.com

T.E.: Le cito: «Tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un yoga que ignora el hinduismo, un zen que no tiene nada que ver con el budismo o un sufismo escindido radicalmente del islam». El yoga es como gimnasia; el sufismo, poco más que una danza (mal ejecutada); el taoísmo, artes marciales… El tantra se utiliza para incrementar el placer sexual… Pero nadie se detiene a orar, ni se bendicen los alimentos (ni siquiera los ecológicos) y, mientras se utilizan tecnologías solares, nadie agradece al astro rey su luz cada mañana… Es la cultura del sucedáneo…

ALT: Sí. Socialmente, vivimos en una falsificación perpetua. Y los movimientos alternativos, ecologistas, espiritualistas y similares no están libres de ello. Yo hago bastante hincapié en esto, y tal vez quienes lean mi Manifiesto contra el progreso piensen que la tengo tomada con los ecologistas, pero no es así. Lo que ocurre es que la perversión del «sistema» o la locura de Bush son más o menos evidentes, y, frente a eso, se tiende a pensar que todo lo que en apariencia se opone al sistema es bueno. Pero eso es simplificar las cosas. La espiritualidad New Age es un perfecto ejemplo de falsificación. Y los movimientos «alternativos» de diversa índole lo son también en gran medida, aunque, naturalmente, está claro que hay ecologistas y ecologistas. El caso es que se ha perdido de vista lo esencial y se han absolutizado elementos tal vez importantes pero secundarios. Todo el mundo se preocupa por la salud del cuerpo, y no es que eso esté mal, pero el cuerpo absorbe toda la atención y no queda espacio para la salud del alma. Nos preocupamos por la estricta pureza biológica de lo que comemos y luego alimentamos el espíritu con basuras. Recogiendo lo que usted decía: ¿qué es más sano, comer los productos de cualquier supermercado con una conciencia de humildad y agradecimiento a Dios, o comer productos de herbolario, con certificado biológico, con una conciencia meramente «química» de los procesos biológicos de la alimentación? Se podrá responder que las dos cosas juntas. Vale. Pero la cuestión es dónde ponemos el énfasis. Y, en la situación actual, yo pondría el énfasis en lo primero. Buda se alimentaba con lo que las gentes le echaban en su cuenco; no creo que su dieta fuera muy equilibrada. Pero llegó a la iluminación.

De nada sirve cambiar las energías contaminantes por energías limpias si el hombre no empieza por limpiar su alma. Una actitud espiritual correcta da lugar (en términos generales y dentro de ciertos límites) a una relación correcta con el mundo físico, pero no está tan claro que lo inverso sea siempre tan cierto. No me parece descabellada la posibilidad de que un mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un infierno. Habría que tenerlo en cuenta…

T.E.: En general, ¿cómo ve la salud y la enfermedad en el mundo de la Tradición? ¿Debería ser vista a la luz de la idea de que lo orgánico y el no visto forman una unidad? Si todo lo orgánico que existe sobre la faz del Universo, forma parte del Templo… no es ético profanarlo, ¿no?

ALT: Particularmente, no creo que se pueda hablar del «mundo de la Tradición» como una unidad monolítica, aunque muchos así lo pretendan. En consecuencia tampoco la salud y la enfermedad me parece que tengan un significado unívoco en todas las culturas. Supongo que en general se ha buscado un equilibrio entre cuerpo y espíritu, pero eso tendría sus matices y, desde luego, no implica ponerlos en un mismo plano. Piense que también hay tradiciones para las que la materia, y por tanto el cuerpo, no dejan de ser algo más o menos irreal; e incluso otras que lo satanizan. Yo no diría que eso está ni bien ni mal. Cada cultura es un complicado entramado de compensaciones y de sutiles equilibrios, y lo importante es que la resultante global tienda hacia arriba, por decirlo de algún modo. Extraer de ese entramado pautas o actitudes concretas, ya sea respecto a la salud o a cualquier otra cosa, para juzgarlas desde nuestros particulares criterios culturales, me parece un disparate. Ahora bien, sea cual sea la actitud de unas u otras sociedades tradicionales respecto de la salud, todas, sin excepción, parecen haber tenido muy claro algo que ahora se olvida: que hay un orden de prioridades y que la salud física está siempre subordinada a la salud espiritual.

T.E.: En Occidente, que, como Oriente, tampoco es una zona geográfica, sino, más bien, un estado mental… hay muchos hospitales y ambulatorios, también muchos asilos y guarderías. Las personas viven cada vez más aisladas. Las familias se descomponen. En la historia de nuestra especie, parece evidente que jamás se vivió una época tan lúgubre. Los psicólogos señalan que divorciarse es reforzar la autoestima. ¿Es la propia sociedad la que está enferma?

ALT: En efecto: tenemos muchos hospitales, muchos ambulatorios, muchos asilos, muchas guarderías… tenemos mucho de todo. Y cuanto más tenemos, menos somos. Pensamos que todo se arregla con más medios, más desarrollo, más técnica, más información… «Más» parece la palabra mágica de nuestra cultura, con la que creemos poder hacer todo tipo de milagros. Es el delirio de la acumulación. Pero esa acumulación, aparte de estar construida sobre el expolio y la esquilmación del llamado tercer mundo, es decir, sobre el hambre, la miseria y la muerte de millones de personas, no es fuente de soluciones sino de nuevos problemas. Y, sobre todo, hemos olvidado algo fundamental: que la dignidad humana no se mide por lo que el hombre es capaz de acumular sino, justamente al contrario, por aquello de lo que es capaz de prescindir, por todas las cosas inútiles o superfluas a las que sabe renunciar para poder centrarse en lo esencial. Una sociedad sana sería una sociedad que reduciría al mínimo sus necesidades materiales y, por tanto, sus medios técnicos; sería una sociedad capaz de conformarse con lo estrictamente necesario. Parece que ahora hay mucha preocupación por hacer compatible el equilibrio ecológico con el desarrollo y la riqueza. Yo creo que con lo que habría que hacer compatible el equilibrio natural es con la sencillez y la austeridad; y eso, por cierto, no plantea ningún problema ni exige ningún esfuerzo; no requiere ningún «más»; en realidad, ni siquiera requiere ningún «hacer»: se hace por sí solo. Me parece que estaríamos física, mental y espiritualmente más sanos si, en lugar de plantearnos siempre lo que tenemos que hacer, nos planteáramos también lo que tenemos que dejar de hacer.

T.E.: En definitiva, ¿puede haber salud orgánica sin salud espiritual? Y ¿cómo «orientarse» espiritualmente en un mundo en el que han saltado por los aires los cuatro puntos cardinales del alma? ¿Qué necesitamos? ¿Hospitales o, con perdón, verdaderos maestros (nada que ver con los gurus sectarios, of course, de los que ya he conocido algunos, ja ja)?

ALT: En cuanto a lo primero, supongo que algunos pensarán —¿tal vez un poco mecánicamente?— que no, que no puede haber salud orgánica sin salud espiritual. Sin embargo, yo no estoy tan seguro de que sea necesariamente así. Ya hablé antes de la posibilidad de que el mundo moderno llegue a crear una sociedad físicamente limpia, aunque espiritualmente muerta. ¿Por qué no? Hay una relación entre el mundo físico y el espiritual, por supuesto, pero si entendemos esa relación como un automatismo rígido corremos el riesgo de entender que una persona espiritualmente sana no puede estar nunca enferma, que un enfermo crónico está destinado al infierno o que un individuo perverso tiene que pasarse la vida en la cama. La ausencia de esa correlación automática es molesta porque dificulta y complica nuestra comprensión de la realidad, pero es así. No podemos negarle a priori a la ciencia y la tecnología la posibilidad de crear un mundo de energías limpias, un mundo saludable e higiénico, en el que todos sean zombis satisfechos contemplando la televisión y saliendo los fines de semana en coches no contaminantes a hacer «turismo verde».

¿Y qué pasa si un mundo espiritualmente muerto es capaz de generar un cierto nivel de salud física? Ése, si se alcanza, será —yo creo— el más diabólico de los mundos, pues su capacidad de fascinación será máxima. De forma paradójica podríamos decir que, mientras haya contaminación hay esperanza. No estoy diciendo que esté a favor de la contaminación, claro está; estoy diciendo que, peor todavía que un mundo contaminado sería un mundo feliz, higiénico, sin disfuncionalidades, formado por seres «humanos» sin alma, pero cívicos y pulcros, cuyas aspiraciones se reduzcan a lo que el sistema pueda proporcionarles y sin motivo ninguno para lamentarse. Quiero decir, en definitiva, que hay una escala de prioridades y que me parece un error fatídico —y extremadamente extendido en la actualidad— conceder más importancia a unos pulmones limpios que a un alma limpia. Vivimos ahora una obsesión por la salud que me parece lo menos saludable que pueda imaginarse y que genera actitudes paranoicas, como, por ejemplo, la actual obsesión antitabaquista (y quede claro que yo no fumo). Tampoco me parece que sea muy acertado buscar la salud espiritual para poder tener salud física, porque eso es convertir el fin en medio y el medio en fin. Hay que tener claro qué es lo esencial y qué lo secundario.

En cuanto a cómo orientarse espiritualmente en nuestro mundo, no puedo responder a eso, pues no tengo ni idea. Habría que preguntárselo a un maestro espiritual, supongo. Vivimos en un caos absoluto y nuestra «espiritualidad» es una muestra patente de ello. Entre unas tradiciones espirituales cada vez más entregadas, por un lado, a la modernización y el racionalismo o, por el lado contrario, al integrismo, y una Nueva Era carente del más mínimo discernimiento, vivimos ya una auténtica inversión de la espiritualidad. No podemos esperar que en una sociedad en la que ni siquiera existen «verdaderos discípulos» vayan a surgir «verdaderos maestros». Tal vez sólo quede recurrir a la interioridad de cada uno, pero ahí está el ego perpetuamente al acecho…

T.E.: Todo parece indicar que nos encontramos, desde hace tiempo ya, en el Final de los Tiempos. Usted reconoce que escapar de Babilonia es difícil porque, citando a Hölderlin, manifiesta que «cercano y difícil de captar es el dios; pero donde abunda el peligro, crece también aquello que salva». ¿Es nuestra gran oportunidad? ¿La enfermedad del mundo y nuestras enfermedades pueden ser una metáfora para huir de una vez por todas?

Para no dar pie a equívocos, aclararé que, como digo en el Manifiesto, no se trata de huir de la realidad, sino de huir a la realidad, pues este mundo es la expresión misma de lo irreal. Parece, ciertamente, que la Providencia no nos abandona del todo y siempre, en alguna parte, crece aquello que salva, como decía Hölderlin. Es verdad. Pero hay que encontrarlo. ¿Dónde? Como afirma el dicho sufí nos empeñamos en buscar fuera de casa lo que hemos perdido dentro porque fuera «hay más luz». A mí me da la impresión de que no hay más lugar de búsqueda que el alma, por oscuro que ahí esté el panorama. El problema de Occidente no es que haya perdido la salud sino que ha perdido su alma. Algunos psicólogos postjunguianos hablan de making soul, literalmente «hacer alma». No es una expresión que me guste, pero creo que apunta a una necesidad muy real: nos hemos convertido en seres desarraigados, que no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos y, lo que es mucho peor, que ni siquiera nos preocupa no saberlo. Ésa es la enfermedad fundamental: hemos perdido el alma, la hemos vendido, como Fausto, al demonio del «progreso» a cambio de un espejismo de felicidad que no nos proporciona más que frustración y desesperanza, vaciedad y depresión. Reintegrar nuestra vida, curar y reconstruir nuestra alma agonizante: ésa es, a mi entender, la única urgencia verdadera; lo demás, con todos los respetos, me parecen poco más que nimiedades.

lunes, 9 de agosto de 2010

Llega la hora de la rebelión

Periodistas Libres, S.A. dijo...
En declaraciones al Times, el banquero Sir George Cameron ha dicho: ...El gusano antiespañol huye o se esconde pero no descansa (...) Los españoles patriotas han iniciado una redada Nacional contra sus políticos y lacayos. Lo anuncian con banderas puestas en calles y fachadas por toda la piel del “Toro Bravo”(*). El intento de los traidores para desnacionalizar España ha fracasado estrepitosamente, a pesar del esfuerzo criminal a tal efecto organizado por los enemigos de España. Los traidores están acorralados y nerviosísimos ("very nerviousus") porque ven cerca su inevitable y dramático final. Los españoles han comprendido mayoritariamente que deben acelerar la reparación de su Patria y la "reeducación" de una casta política mentirosa, ladrona, rancia, soez e infecta, que ha llenado de mierda el territorio y tiene a la Patria como un estercolero.
(…)La gente espera una señal que revolucione el panorama. Son vísperas de grandes acontecimientos, planetarios incluso. (…)
(…)Si, “¡yo soy español!” es un grito de guerra defensivo, un clamor del instinto de supervivencia individual y nacional, la masiva llamada nacional para la lucha de liberación, el azote de los cobardes y traidores a España. Ese canto multitudinario es también el viejo vocablo “liberal” que ha sido rebautizado y puesto al día.
(…)
(*) En el original.

sábado, 19 de junio de 2010

jueves, 13 de mayo de 2010

La necesidad de ser ciudadanos libres en una democracia auténtica

España en la hora de la verdad

3 de junio de 2010. Antonio Martínez. http://www.elmanifiesto.com/


Cuando Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, dijo por los años sesenta aquello de que Spain is different, no sólo estaba creando un slogan que haría fortuna. España es, efectivamente, diferente de los demás países de Europa. Lo atestigua el hecho mismo de que haya surgido, sobre todo en suelo británico, la raza curiosísima de los hispanistas: estudiosos apasionados por el enigma de España, y todos de acuerdo con aquella idea de Sánchez Albornoz según la cual, en efecto, “España es un enigma histórico”.
No lo son en el mismo sentido, ni con intensidad en modo alguno comparable, el resto de los países europeos. España es, a todas luces, un caso aparte: tierra de extremos y de contrastes, de sentimientos desbordados y, con frecuencia, de una obcecación cerril, en nuestra patria las tensiones suelen alcanzar un paroxismo desconocido en otros lugares. Nuestra propia Guerra Civil es un ejemplo de ello. De hecho, un hilo sutil une a los dos países que se ubican en los extremos occidental y oriental de Europa: por un lado, Rusia, donde triunfó la Revolución comunista; por otro lado, España, donde estuvo a punto de triunfar. Rusia y España: países de místicos y de anarquistas, de santos y de exaltados. Los rusos comprenden muy bien el alma de España y admiran profundamente la figura de don Quijote. Lo que ya es más dudoso es que los propios españoles se comprendan a sí mismos.

Entre otras cosas, porque no están interesados en comprenderse. No quieren comprender que fue ante todo el furor ideológico de las izquierdas lo que condujo a la ruina de la República y desencadenó la Guerra Civil. No quieren reconocer la grandeza histórica de Franco, acto de honradez intelectual perfectamente compatible con la convicción de que, llegado cierto punto de su existencia, el régimen franquista ya había cumplido su misión y debía desaparecer en beneficio de una monarquía democrática instaurada bajo el signo del sentido común. No quieren reconocer, en fin, que, desde 1975, España, tras haber cometido el asesinato freudiano del Padre Franco, ha entrado en una etapa de inmadurez adolescente, cuyo máximo símbolo es el irracional e inviable Estado de las Autonomías.

La España adolescente hizo como que se reconciliaba durante la Transición, cuando la pervivencia de amplias fuerzas adictas al franquismo, y todavía pujantes, aconsejaba a la izquierda una prudente moderación táctica, en espera de tiempos más propicios. Y esos tiempos efectivamente llegaron: el acceso de Zapatero al poder en 2004, con su infausta Ley de la Memoria Histórica, constituyó un signo de los tiempos. Zapatero, el político adolescente por antonomasia, significa la apoteosis de esa inmadurez colectiva que ha caracterizado a la España de la Constitución del 78. Una España que ha vivido durante décadas fuera de la realidad, y a la que ahora la realidad, bajo la forma de crisis económica, le ha lanzado un gancho directo al mentón que la ha dejado noqueada sobre la lona.

Ya no queda más tiempo, se nos han acabado todas las prórrogas. La votación ganada por Zapatero la semana pasada en el Congreso puede haberlo salvado transitoriamente; pero su significado simbólico va mucho más allá de eso. Ese significado no consiste sólo en el acta de defunción política de Zapatero, desde ahora un cadáver andante que, sin embargo, se agarrará a lo que haga falta para llegar a las elecciones de 2012, a ver si su baraka y el paso del tiempo lo sacan una vez más del apuro. Lo que realmente marca esa decisiva votación es una frontera que tenemos que atrevernos a cruzar. A este lado de ella se encuentra la España adolescente de los últimos treinta años, la de una clase política irresponsable que nos ha conducido hasta un callejón sin salida, y la de una población cada vez más conformista y anestesiada. Al otro lado se abre la era de una nueva España que se decida de una vez por todas a madurar. A acceder a esa edad adulta que ha esquivado hasta ahora con tanto éxito. A tomar en los más distintos ámbitos –política, economía, cultura, universidad, educación- las decisiones inaplazables que llevamos tanto tiempo aplazando.

Está sonando hoy para España la hora de la verdad. El tsunami de la Historia se aproxima a nuestras soleadas costas. Podemos cerrar los ojos e insistir en no hacer nada, o en hacer menos de lo necesario. O podemos también realizar un durísimo examen de conciencia y un profundo acto de contrición colectivo. Y estemos seguros de que sólo esto último nos salvará.